El movimiento feminista en Colombia cuenta con una larga y compleja trayectoria.  En su accionar político colectivo ha construido sujetos diversos, constituidos por múltiples identidades y opciones políticas, cuyo punto de encuentro es la aspiración por la paz y la rebeldía, escribe Erika Rodríguez Gómez (LSE Centre for Women, Peace, and Security).

En el marco de una lucha global contra la guerra, las mujeres feministas han sido constructoras de paz y han conseguido la terminación negociada y política de diferentes conflictos armados, exigiendo compromisos de las partes en confrontación, y abogando no solo por la consolidación de la paz, sino por la profundización de derechos y libertades para las mujeres.

Un mural en Bogotá que reclama respeto para las mujeres (Javier Rodríguez, CC0)

En el caso de Colombia, las feministas consiguieron la creación de una figura novedosa y sin antecedentes, denominada Subcomisión de Género, así como la incorporación del enfoque de género en el Acuerdo Final, firmado por el gobierno colombiano y la guerrilla de las FARC-EP en noviembre del año pasado.

A la vez que se han desarrollado estas acciones políticas por el alcance de la paz, las feministas han agenciado una lucha por el reconocimiento y la redistribución, que contempla ideales de justicia en el campo económico, político y cultural de las mujeres, cuyo fin último es el derrocamiento del patriarcado.

Así pues, el feminismo colombiano comenzó a nombrarse como tal a partir de las luchas por el voto a mediados del siglo XX, inaugurando lo que se conoce desde las ciencias sociales occidentales como la primera ola del feminismo o la lucha sufragista. Entender históricamente este movimiento social a partir de olas o etapas ha resultado útil para ubicar temporalmente las luchas de las mujeres, en el marco de otras luchas emancipatorias agenciadas por otros movimientos sociales, o en el marco del devenir de las sociedades industrializadas en Europa y Norte América. Pero también ha resultado demasiado lineal y engañoso a la hora de analizar otros contextos y sujetos en realidades tan distintas como las latinoamericanas.

En ese orden, la lucha por la ciudadanía para las mujeres colombianas, coincidía con las primeras evidencias del surgimiento del conflicto armado, donde no solamente la disputa por la participación política estaba presente, sino la necesidad de redistribuir la tenencia de la tierra. Así mismo, lo que sería la segunda ola del feminismo (años 70 hasta años 90), en la cual las mujeres comenzaron a politizar sus cuerpos y a liberar el ejercicio de su sexualidad, transcurría en un país con una creciente confrontación armada, donde empezaron a desplegarse políticas contra-insurgentes y a agudizarse las violencias, cuyo principal escenario de desarrollo fueron justamente los cuerpos de las mujeres.

Además de reclamar el derecho a gobernar el propio cuerpo, las mujeres colombianas de la segunda ola tuvieron que empezar a comprender la violencia patriarcal y a hacerla importante en la agenda del Estado y las organizaciones sociales. Ya a comienzos de los años 90’, cuando el conflicto comenzó su momento de recrudecimiento, y el mundo comenzó a poner la mirada en los asuntos de género, las mujeres colombianas habían ganado bastante experiencia en la exigibilidad de la paz sin abandonar su rebeldía, comprendiendo que podían ser sujetos con capacidad de tomar decisiones sobre sus propios cuerpos, y que el ejercicio de las violencias, dentro o fuera de la confrontación armada, como concreción del patriarcado, imponía mayores obstáculos para sus vidas.

La tercera ola del feminismo llegó entonces con una nueva carta constitucional (1991), que consagró la igualdad para las mujeres en su texto, pero que no solucionó el conflicto social, político y armado del país, en medio de una efervescencia política en la que guerrillas, paramilitares y fuerza pública se disputaban el control territorial. Las mujeres comenzaron a especializarse en la vindicación de la paz y la exigencia a la salida política y negociada del conflicto, y a construir discursos y prácticas en torno a ese objetivo. La culminación de esta etapa puede ubicarse en el momento de la firma del Acuerdo Final, en el cual las mujeres tuvieron importantes índices de participación e incidencia, sino como negociadoras, al menos como participantes, en roles que desde la sociedad civil permitieron el posicionamiento de los asuntos de las mujeres y del enfoque de género.

El alcance fue tal que las rebeldías de unas y otras mujeres se encontraron en el desarrollo del proceso de paz; las feministas de la academia, de las organizaciones, del Estado, y de la insurgencia estuvieron intercambiando reflexiones durante los últimos cuatro años. Hoy por hoy, en el nuevo movimiento político de las FARC-EP, las mujeres guerrilleras están posicionando el feminismo insurgente, como una concepción ético-política revolucionaria de la realidad, que sostiene su lucha dentro y fuera del partido.

El primer Encuentro Feminista Latinoamericano tuvo lugar en Bogotá en 1981 (Vamos Mujer, Medellín, foto © Erika Rodríguez Gómez)

Si recordamos el primer Encuentro Feminista y Latinoamericano en Bogotá (1981), que convocó al menos 200 feministas de toda la región para intercambiar ideas sobre la liberación de las mujeres, el debate principal en ese momento, y que ha estado presente durante los últimos 30 años, estuvo relacionado con la tensión entre nombrarse feminista y pertenecer a un partido político mixto y de izquierda.

El debate volvió a ser público cuando las mujeres de las FARC-EP presentaron sus Tesis de Mujer y Género en el congreso constitutivo del partido, pues desde muchos sectores se ha señalado a la organización guerrillera como una estructura militar patriarcal donde las mujeres han sido únicamente víctimas.

Ubicar siempre las luchas políticas de las mujeres del lado de la paz y en contra de la guerra es también engañoso. Se tiende a pensar que las mujeres, por el hecho de ser mujeres, albergan en sus cuerpos la dulzura y la bondad, y que el único papel que les puede ser asignado es precisamente el de víctimas, olvidando que quienes optaron por la lucha armada como opción por la transformación, tomaron una decisión política.

Es importante reconocer la legitimidad que tienen las mujeres guerrilleras para narrarse a sí mismas, desde sus propios referentes de sentido, y generar los espacios para construir un feminismo diverso. Ser feminista es necesariamente ser rebelde, es estar incomoda con las formas asimétricas del poder en las cuales se desarrollan todos los aspectos de la vida, tanto en el mudo público como en los mundos privados.

La paz es también un asunto de ese poder.  Es un proceso imperfecto que debe transformar necesariamente las raíces del patriarcado. A construir esta paz estamos llamados todas y todos.

Notas:
• Las opiniones expuestas en este artículo son de los autores y no reflejan la postura de LSE
• Favor de leer nuestra política de comentarios (EN) antes de comentar


Erika Rodríguez GómezLSE Centre for Women, Peace and Security
Erika Rodríguez Gómez es abogada, Licenciada en Ciencias Sociales y Magister en Derechos Humanos (Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia) y Activista en Residencia en el Centro para Mujeres, Paz y Seguridad del LSE. Cuenta con experiencia en investigación sobre movimientos sociales, feminismo, violencias contra las mujeres, justicia transicional y construcción de paz. Es defensora de derechos humanos en Colombia y ha trabajado en diferentes organizaciones sociales para la prevención de la violencia sexual y el reclutamiento forzado.

Print Friendly