La experiencia de la Comunidad de Paz de San José de Apartadó demuestra que las víctimas de los conflictos armados son también productores y creadores, cuyo conocimiento podría contribuir a una comprensión de construcción de paz con orientación hacia el futuro que beneficiaría a todos los colombianos, escribe Gwen Burnyeat (University College London).

Los primeros 18 meses de la implementación de los acuerdos de paz en Colombia han desilusionado a muchos.

La desmovilización de las FARC fue un logro importante, pero un sinnúmero de asesinatos de líderes sociales y comunitarios, además de miembros desmovilizados de las FARC y sus familiares, nos alerta sobre el probable futuro de Colombia: un posconflicto similar al salvadoreño, donde la violencia vieja se recicla y se renombra.

San José de Apartadó está comprometido con la paz a pesar de estar rodeado de la violence (© 2018 Gwen Burnyeat)

Todo el mundo sabía que al retirarse las FARC de las áreas que habían controlado, dejarían vacíos de poder. La promesa del gobierno en el Acuerdo de La Habana era que estos se llenarían por la presencia de instituciones del Estado, tanto militares como civiles. Pero eso no ha pasado. Por el contrario, los vacíos están siendo ocupados por los paramilitares, la guerrilla del ELN y varias bandas criminales.

A pesar que todo el mundo sabía que esto iba a pasar, no parece haber habido ningún plan de contingencia; quizás por la pérdida de gobernabilidad del presidente tras la derrota del “Sí” en el plebiscito por la paz.

En agosto de 2018, Colombia tendrá un nuevo presidente. Si Gustavo Petro gana en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales el 17 de junio, habrá continuidad para la política de paz de la administración de Santos. Pero si gana Iván Duque, esta política podría ser substancialmente destruida y deformada, con un retorno a una posición militarista. No es una exageración decir que el futuro de un país en paz está en juego.

Sin embargo, también vale la pena recordar que la paz no depende de una solución negociada de arriba hacia abajo, aunque esto es importante. En realidad, depende de la sociedad.

Hasta ahora la sociedad colombiana ha sido un aliado débil en la búsqueda de poner fin al conflicto armado: después de cuatro años de negociaciones públicas, 50.2% de los votantes rechazaron el Acuerdo de paz, 63% se abstuvieron de votar y grandes sectores vieron el proceso de paz con inercia, sospecha y cinismo, en vez de verlo como una oportunidad histórica. Estos son los efectos inevitables de una sociedad polarizada y paralizada por 50 años de guerra.

Sin embargo, la sociedad civil también tiene la llave de la paz en su mano – no solamente a través del comportamiento electoral, sino también a través de la posibilidad de definir y dar forma a lo que podría significar “la paz”.

No solamente víctimas y defensores, sino también productores y creadores 

En mi reciente libro Chocolate, Politics and Peace-Building (“Chocolate, Política y Construcción de Paz”) cuento la historia de la Comunidad de Paz de San José de Apartadó, en Urabá, una zona de conflicto en el noroeste del país. Atrapada entre guerrilla, paramilitares y el Ejército colombiano, esta comunidad campesina es internacionalmente famosa por haberse declarado neutral ante el conflicto armado como estrategia de auto-protección.

A pesar de varias masacres, múltiples desplazamientos forzados, torturas, amenazas de muerte, desapariciones forzadas y asesinatos selectivos de líderes y hasta de niños, esta comunidad se ha quedado en su tierra, de manera firme y obstinada. Esta tierra rica en recursos naturales representa un punto geoestratégico en Colombia, lo cual le hace letalmente atractiva para la agroindustria y el narcotráfico.

La Comunidad de Paz se reconoce internacionalmente por esta estrategia pionera de la neutralidad, y también por su determinación de denunciar las violaciones a los derechos humanos por parte de todos los actores del conflicto armado. En mi libro, sin embargo, cuento su historia a través de otra lente: una de productividad orgánica.

Miembros de la comunidad secan su cosecha de cacao (© 2018 Gwen Burnyeat)

Los campesinos de San José de Apartadó cultivaban cacao desde mucho antes de convertirse en ‘comunidad de paz’ en 1997. Hoy en día exportan 50 toneladas por año a la multinacional británica Lush Cosmetics, que utiliza su manteca de cacao para hacer una barra de masaje (la “barra de paz”) que se vende en 1000 tiendas en 50 países, difundiendo también información sobre la situación de derechos humanos de la Comunidad de Paz.

Es en el corazón de las cacaoteras orgánicas de la Comunidad, y las selvas circundantes de la serranía de Abibe, donde se encuentra un conocimiento profundo de lo que significa “la paz”, mucho más que en los pasillos grises del poder en Bogotá.

Como argumento en mi libro, los miembros de la Comunidad de Paz no son simplemente defensores de vida, clamando por un fin a la violencia que afecta a millones de civiles rurales atrapados entre actores del conflicto por todo el país. Son también productores de chocolate, la bebida nacional de Colombia, y creadores de su propia concepción de paz.

Esta concepción va más allá de la ausencia de la violencia, apuntando hacia principios como la solidaridad, el trabajo comunitario, las economías colectivas, la relación con la naturaleza, la justicia social y el mantenimiento de la memoria histórica. Estos son principios que podrían ofrecer esperanza e inspiración a todos los colombianos en un momento crítico de un profundo debate nacional sobre lo que podría significar “la paz”.

En este debate, se requiere mirar atrás, hacia el pasado del conflicto armado interno, para empezar a comprender la dimensión de las atrocidades que han padecido las víctimas rurales, y por ende, la necesidad apremiante de poner fin a los ciclos de violencia. Pero más allá de eso, también se requiere comprender que personas y grupos como San José de Apartadó no son solamente “víctimas”, sino también seres humanos con conocimientos que podrían contribuir a la imaginación de construcción de paz con miras al futuro, para el beneficio de todos los colombianos.

Los campesinos de la Comunidad de Paz han llegado a su concepción profunda de lo que significa “la paz” mediante una larga reflexión sobre las formas multi-dimensionales de violencia que han vivido, sentido y percibido: atentados directos, la violencia estructural de la pobreza, la violencia cultural de la estigmatización y los esfuerzos persistentes de minar su búsqueda de la justicia.

En medio de la guerra, ellos crearon vida. En las palabras de un miembro de la Comunidad:

Buscamos algo alternativo. Como decimos, un camino de vida que construye paz. En la Comunidad, es nuestra vida por nuestro hermano. Donde hay muerte, nosotros sembramos vida.

Tráiler del documental etnográfico Chocolate of Peace (2016), producido y co-dirigido por la autora

Aprendiendo de la Comunidad de Paz

En Colombia, como en muchas partes del mundo, es a menudo en los rincones más oscuros, donde la gente ha sufrido atrocidades inimaginables, que se encuentran las expresiones más grandes de humanidad y creatividad.

En nuestro mundo cada vez más incierto las reflexiones de la Comunidad de Paz sobre “la paz” podrían ser relevantes incluso a nivel global. Sus experiencias nos invitan a repensar nuestra relación con la comida; a valorar los esfuerzos de quienes la producen, sus conocimientos, sus luchas y sus ideas; y a construir puentes entre las víctimas de todas las formas de violencia y la sociedad civil global. Mirar las lecciones, experiencias y conocimientos de los procesos de liderazgo colectivo será crucial para la próxima fase del posconflicto en Colombia, sea el próximo presidente pro-paz o pro-guerra.

Miles de organizaciones, comunidades y redes han pasado los últimos seis años, desde el inicio de las negociaciones en La Habana, invirtiendo energía, esfuerzo meticuloso y sobre todo amor, en apoyar la política de paz nacional desde abajo. No necesariamente implica que apoyan el gobierno; sino que la paz va más allá de la política y pertenece a la sociedad. La Comunidad de Paz de San José de Apartadó es tan solo un ejemplo.

Lo mejor que podrían hacer los colombianos en este momento sería voltear la mirada para inspirarse en vibrantes procesos de liderazgo colectivo como éste . En el contexto actual, organizaciones como la Comunidad de Paz están bajo mucho riesgo, y últimamente ha habido intentos de asesinato contra sus líderes.

El resto de la sociedad colombiana no solamente debería solidarizarse y condenar semejantes atentados, sino también buscar el conocimiento y la praxis de los que más han sufrido los efectos del conflicto armado pero sin embargo cultivan vida y esperanza en medio de la muerte y la destrucción.

Estos son los héroes invisibles de Colombia.

Notas:
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Gwen Burnyeat – University College London
Gwen Burnyeat es candidata a doctorado en Antropología en UCL, becaria de la Wolfson Foundation. Tiene una maestría de la Universidad Nacional de Colombia, donde también fue profesora de antropología política. Es la autora de Chocolate, Politics and Peace-Building: An Ethnography of the Peace Community of San José de Apartadó, Colombia (Palgrave Macmillan 2018) y productora/co-directora del documental etnográfico Chocolate of Peace (2016).

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