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Asa Cusack

June 6th, 2019

¿Es el socialismo culpable de la crisis interminable de Venezuela?

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Estimated reading time: 10 minutes

Asa Cusack

June 6th, 2019

¿Es el socialismo culpable de la crisis interminable de Venezuela?

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Si bien el socialismo del siglo XXI está vinculado al colapso de Venezuela, también lo están muchas características del contexto, el capitalismo y la cultura del país, escribe Asa Cusack (LSE Latin America and Caribbean Centre).

• Available in English • traducción de un artículo de Al Jazeera • licencia CC no aplica

En la Venezuela de hoy la inflación está fuera de control, la producción de petróleo está cayendo en picada, activos extranjeros claves han sido incautados, hay una escasez grave de alimentos y medicinas, decenas de miles de personas están huyendo del país y el gobierno de Nicolás Maduro ha debilitado cada vez más los instrumentos democráticos del país para aferrarse al poder. Representa una profunda crisis política, económica y social que puede parecer interminable.

La pregunta natural en un país que cuenta con las reservas de petróleo verificadas más grandes del mundo es ¿cómo llegó a esto? Muchos se han empeñado en dar una respuesta simple: el socialismo. Pero, ¿es en realidad así de simple?

Los ciudadanos comunes están atrapados en una crisis sobre la cual tienen poco control (Alex Lanz, CC BY-NC-ND 2.0)

Precios y políticas del petróleo

Las causas subyacentes de la crisis multifacética de Venezuela son económicas, relacionadas en especial con el petróleo y las divisas extranjeras que trae al país.

La causa cercana de la agitación reciente es, sin duda, la caída de 70 por ciento en los precios del petróleo en 2014, pero los mismos problemas que se agravaron en ese momento ya se manifestaban cinco años antes. Entonces, como ahora, fueron fomentados por la aplicación de políticas deficientes.

La escasez severa se debe en gran parte a la débil producción local combinada con la falta de divisas extranjeras para las importaciones, ambas relacionadas con la mala gestión de la moneda local, el bolívar.

En esencia, en un intento por evitar la fuga de capitales y el colapso de la moneda, al mismo tiempo que se pretendía proteger a los productores locales y hacer cumplir la ley laboral, el predecesor de Maduro, Hugo Chávez, introdujo limitaciones al acceso de divisas extranjeras. También prolongó un subsidio muy generoso para la gasolina e implementó subsidios y controles de precios para muchos alimentos con la finalidad de mantenerlos al alcance de los pobres.

Sin embargo, dado que el bolívar estaba sobrevaluado, los productos locales se volvieron menos competitivos en el exterior y los extranjeros se hicieron más accesibles, lo que redujo la demanda de mercancías nacionales. Este efectivo subsidio a la compra de dólares estimuló la ya fuerte demanda de los interesados en evitar la inflación o la devaluación de la moneda local.

Muchas empresas e individuos estaban dispuestos a pagar una prima para evadir los controles, ya fuera para evitar las barreras comerciales burocráticas o para salvaguardar el valor de su capital, y esta demanda creó un mercado negro de divisas. En los lugares en los que los dólares del mercado negro se convirtieron en parte de la estructura de costos de bienes básicos, el margen de beneficio entre el costo de producción y los precios controlados por el Estado se redujo o desapareció por completo, lo que causó un daño mayor a la producción local.

Más allá de debilitar los negocios locales, estas políticas también crearon oportunidades e incentivos para la corrupción. Peor aún, se convirtió en un círculo vicioso: el atractivo de esta corrupción crecía a la par con las distorsiones económicas en que estaba implicada.

Cuanto más amplia era la brecha entre el tipo de cambio oficial y el paralelo, mayor se volvía el incentivo para obtener dólares económicos a precios oficiales y revenderlos en el mercado negro (arbitraje de divisas). Cuanto más grande era la diferencia entre los precios del petróleo o de los alimentos en Venezuela y los de países vecinos, mayor se volvía el incentivo para contrabandear estos productos a través de la frontera y revenderlos.

Las diferencias en el precio se capturan de forma privada a expensas del Estado mientras no producen nada, lo que a su vez deja menos recursos disponibles para el funcionamiento diario del país.

Cuando el ex ministro de finanzas Jorge Giordani renunció en protesta por el mal manejo de la economía por parte de Maduro, estimó que entre 2003 y 2012 se perdió la suma increíble de $300 mil millones de dólares sólo en el arbitraje de divisas.

A corto plazo, Chávez – a diferencia de Maduro – evitó que este problema se saliera de control al devaluar la moneda local cuando la tasa oficial y la tasa paralela comenzaron a divergir de manera significativa. A largo plazo, puso su fe en un giro de 180 grados en términos socioeconómicos. Esta transformación tenía como fundamento el poder de una economía social que usaría formas alternativas de organización, como las cooperativas y las fábricas autogestionadas, para reactivar la producción local y provocar un cambio cultural que empoderara activamente el compromiso social y la solidaridad.

Pero la inversión estatal masiva en industrias nacionalizadas y autogestionadas o coadministradas dio pocos frutos. Aunque el número de cooperativas se disparó, éstas resultaron ser tan ineficientes, corruptas, nepotistas y explotadoras como el sector privado que se suponía que debían desplazar.

En vista de que éstas eran políticas estatistas del socialismo del siglo XXI, podríamos decir que el socialismo es el culpable. Pero hay más que eso.

Capitalismo, cultura y contexto

En primer lugar, es importante notar que Chávez eligió llamar “socialismo del siglo XXI” a su proyecto transformador, pero la economía de Venezuela siguió basada en el mercado y dominada por el sector privado a lo largo de su mandato.

Aunque la economía social y el sector público se beneficiaron de manera considerable – incluso por medio de la nacionalización – se esperaba que el sector privado siguiera siendo dominante y así fue. Una economía socialista de planificación centralizada, como la de Cuba, no era el objetivo ni la realidad.

En segundo lugar, parte del problema siempre fue que la Venezuela hiperconsumista y rica en petróleo era el último lugar en el que se esperaría que floreciera el socialismo. Estas características llegaron a causar problemas graves para el gobierno.

El papel crucial del petróleo en el sistema capitalista internacional hace que la volatilidad del precio del petróleo sea un actor central en el desarrollo de Venezuela, como Maduro lo ha descubierto a costa suya.

Pero lo más importante es que el simple valor del petróleo provoca la “maldición de los recursos” en economías no diversificadas como la de Venezuela. Con un auge de dinero caído del cielo que favorece las variaciones en el tipo de cambio y hace que otras exportaciones no sean competitivas, la “petromanía” conduce a un gasto público pródigo, mientras los incentivos distorsionados socavan la ética, el espíritu empresarial y la eficiencia en todo el Estado y la sociedad en general.

Como lo explica el esclarecedor documental de Al Jazeera, The Battle for Venezuela, esto no es nuevo. Por el contrario, la formación de Venezuela como Estado y sociedad estaba íntimamente vinculada a la industria petrolera y esto se refleja en su política.

Petróleo, oposición y obstáculos al desarrollo

Mucho antes de que Chávez asumiera el cargo en 1999, había dos Venezuelas: “la Venezuela que se beneficia del petróleo y la Venezuela que permanece a la sombra de la industria petrolera”, como lo expresa el historiador venezolano Miguel Tinker Salas.

La élite beneficiada, de la que surgió el núcleo de la oposición venezolana, reconoció con acierto que la promesa de Chávez de redistribuir la riqueza petrolera a la mayoría marginada era sincera. Pero también comprendió instintivamente que Chávez quería reescribir la narrativa nacional sin la élite adinerada, blanca, educada y con orientación occidental en el lugar heroico, lo que le robaba el estatus social que reproducía y protegía su riqueza material.

Esta amenaza cultural explica la ferocidad y durabilidad de la furia y el obstruccionismo de la élite: los miembros de esta élite primero montaron el golpe de Estado de 2002 a pesar de que la legitimidad democrática de Chávez era indudable y acto seguido organizaron una huelga petrolera patronal con consecuencias devastadoras, aunque en ese momento la política económica chavista seguía siendo más reformista que radical.

Según cuenta Chávez, la implacabilidad e intransigencia de esta élite, legada por la historia capitalista de Venezuela, fue lo que lo condujo a la idea de un socialismo del siglo XXI más radical en 2005.

Al igual que el bolívar, la afirmación de una “guerra económica” es una moneda ridículamente devaluada bajo la administración de Maduro. Sin embargo, nada sugiere que provocar problemas políticos mediante el acaparamiento, el recorte de la producción o la manipulación del tipo de cambio del mercado negro fuera inaceptable para los actores privados con el poder para hacerlo.

Las empresas y los individuos adinerados siempre han tenido los medios más evidentes y el mayor capital para invertir en el arbitraje de divisas a gran escala que ha desangrado a Venezuela durante más de una década.

Pero los efectos de la dependencia del petróleo se extienden mucho más allá de un grupo o clase en particular. Como lo expresó uno de los arquitectos del impulso de la economía social de Venezuela, la cultura generalizada siempre ha favorecido “vivir de las transferencias de rentas [petroleras] del gobierno en lugar de disfrutar de los frutos ganados con el trabajo productivo”.

En Venezuela, las diferencias sociales son tan profundas y la confianza en la sociedad tan débil que son sueños lejanos un contrato social, una unificación nacional o incluso la aceptación básica de las reglas del juego. Como dice el dicho local: “para mis amigos, todo; para mis enemigos, la ley”.

La política se ve obligada a desarrollarse en un contexto cultural que de manera implícita contempla que uno debe usar cualquier medio necesario para extraer tanta riqueza petrolera como sea posible para uno y los suyos.

La trinidad de la fe inmerecida

Chávez respondió a estas circunstancias difíciles al poner su fe en tres cosas: él mismo, el Ejército y el socialismo.

La fe en sí mismo significaba improvisar nuevas instituciones y fuentes de financiamiento vinculadas a la presidencia para poder implementar sus ideas de inmediato y sin oposición interna. La fe en el Ejército implicaba colocar “hombres de confianza”, en especial los involucrados en su intento de golpe de Estado de 1992, en posiciones de poder institucional y financiero, así como asignarle a la institución funciones económicas claves.

A su vez, la fe en el socialismo suponía creer en el poder transformador de la democracia participativa y la economía social para reemplazar la mentalidad petroestatal prevaleciente de “toma lo que puedas” por una ética más social y solidaria.

Lamentablemente cada voto de confianza tuvo serias consecuencias imprevistas.

Alejar el poder del Estado tradicional eliminó incluso su monitoreo y la rendición de cuentas, débiles aunque fueran, lo que obstaculizó el control y dio paso a la corrupción.

Las convicciones ideológicas de los tenientes de confianza del golpe de 1992 resultaron ser menos fuertes que los incentivos masivos para malversar los recursos estatales. Tampoco temieron al poner a trabajar a sus subordinados en redes de contrabando.

Hugo Chávez abre una tienda Mercal para poner a disposición alimentos a bajo precio (Bernardo LondoyCC BY-NC-SA 2.0)

Es decir, aunque muchos ciudadanos marginados sin duda se vieron empoderados e ilustrados por su experiencia en la Revolución Bolivariana de Chávez, otros tantos se sintieron cómodos al gestionar una lógica transaccional clientelar de beneficios estatales para otorgar apoyo político.

Chávez también comenzó a abusar de las herramientas de su transformación socialista – en particular la nacionalización y el acceso a las divisas extranjeras – más como un medio para disciplinar al sector privado que para remodelar la economía.

Con la muerte de Chávez en 2013, este sistema disfuncional y altamente centralizado pasó a manos de Maduro, un líder con mucha menos capacidad para controlar a las poderosas fuerzas que desgarran al país desde polos opuestos.

En lugar de permitir que la política democrática siguiera su curso, ya que las limitaciones de su administración quedaron expuestas al desplomarse los precios del petróleo, Maduro no dudó en pasar el Rubicón antidemocrático en el que Chávez sólo había mojado los pies.

Al rechazar un referendo revocatorio, encarcelar a los opositores políticos, invocar a una asamblea constituyente para usurpar al parlamento elegido por vía democrática y crear un vínculo entre el apoyo político y el acceso a bienes esenciales, Maduro ha bloqueado cualquier camino para sacar a Venezuela de la crisis.

El juego de la culpa

Entonces, ¿es el socialismo culpable de los infortunios de Venezuela?

Algunas políticas económicas estatistas asociadas a un proyecto llamado socialismo del siglo XXI están ciertamente implicadas en muchos de los incentivos perjudiciales y de las distorsiones económicas que asolan la economía venezolana.

Sin embargo, hay que considerar que se implementaron en una sociedad altamente dividida, desconfiada y conflictiva, en la que el Estado rico en petróleo se considera un medio para asegurar la riqueza personal.

La respuesta de Chávez a la oposición implacable y la corrupción generalizada fue recurrir a quienes confiaba en el Ejército y a la promesa de transformación social por medio de la socialización de la economía. Pero su fe no le dio dividendos.

Así como el capitalismo en sí no fue el culpable de la corrupción pactada ni la represión asesina de gobiernos anteriores que crearon el descontento popular y el impulso personal que llevó a Chávez al poder, el socialismo en sí no es culpable del autoritarismo insidioso del régimen de Maduro que ahora impide la sustitución de un gobierno y un modelo fallidos.

En muchos sentidos, el juego de la culpa es una pista falsa, un ejercicio de selección personal para promover una mayor intervención estatal o del mercado “libre” en lugar de cualquier modelo identificable. El estatista puede citar a la feliz Noruega antes que al Gulag, mientras el partidario del libre mercado preferirá el proceso pacífico de neoliberalización de Nueva Zelanda durante la década de 1980 al asesinato y la tortura en Chile durante la dictadura de Pinochet.

La lección es quizá que no existen en el mundo real los modelos limpios que se encuentran en los libros de texto. La cuestión fundamental es si una economía política dada produce resultados deseables para sus ciudadanos. Si bien una vez ése fue el caso en Venezuela, claramente ya no lo es.

Notas:
• Las opiniones expuestas en este artículo son de los autores y no reflejan la postura de LSE
• Publicado previamente en inglés por Al Jazeera
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• Traducción de Amanda Sucar Warrener

About the author

Asa Cusack

Dr Asa Cusack is Managing Editor of the LSE Latin America and Caribbean blog, Honorary Research Associate of University College London, and Associate Fellow of the Institute of Latin American Studies, University of London. He holds a PhD in Latin American and Caribbean Political Economy from the University of Sheffield and is the author of Venezuela, ALBA, and the Limits of Postneoliberal Regionalism in Latin America and the Caribbean (Palgrave Macmillan, 2018) and editor of Understanding ALBA: Progress, Problems, and Prospects of Alternative Regionalism in Latin America and the Caribbean (Institute of Latin American Studies, 2018).

Posted In: Political economy

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