Los plebiscitos reducen temas complejos a preguntas sencillas de sí o no y se prestan a pasiones momentáneas que pueden ser fácilmente manipuladas, escribe Jean-Paul Faguet.

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El año pasado vimos dos referendos extraordinarios, realizados bajo condiciones similares y con resultados electorales similares, pero con efectos finales notablemente distintos. Hoy en el Reino Unido, una nueva primera ministra prepara cambios fundamentales y severos en los asuntos económicos y legales del país, que ella sabe lo dejarán más pobre, débil y pequeño. En Colombia se implementa un acuerdo de paz histórico. La guerrilla más grande, antigua y feroz del continente emerge de la jungla y prepara su autodisolución. ¿Cómo se produjeron destinos tan diferentes? La historia de dos referendos es interesante de por sí, y más aún por lo que nos enseña sobre la democracia, el liderazgo y el significado del coraje político.

Las FARC-EP en marcha (INSS, domino público)

Primero las similitudes. Al igual que en el Reino Unido, el gobierno colombiano convocó un referendo sobre un tema de importancia trascendental. Al igual que en el Reino Unido, el Gobierno confiaba en la victoria; el cálculo costo-beneficio parecía obvio. Al igual que en el Reino Unido, la campaña del No fue liderada por destacados populistas que deliberadamente ignoraron los temas centrales, prefiriendo explotar los medios sociales para alimentar la indignación de los votantes. Su estrategia también se basó en exageraciones, fabricaciones y mentiras sobre las consecuencias de votar Sí: Colombia se volvería un país ateo; el género de los niños sería socavado en las escuelas; las pensiones de los viejos se reducirían para financiar pagos a guerrilleros desarmados; Timochenko automáticamente ascendería a la Presidencia; los niños serían reclutados por activistas homosexuales; la paz convertiría a Colombia en otra Venezuela, y mi favorito personal: el Gobierno había diseñado bolígrafos secretos que borraban selectivamente los votos del No. Hubo otros. Al igual que en el Reino Unido, ninguno se basaba en hechos. Y al igual que en el Reino Unido, los hechos fueron irrelevantes.

Y finalmente, al igual que en el Reino Unido, el Gobierno perdió. Si el margen de derrota fue modesto en el Reino Unido (52 vs. 48 %), en Colombia fue minúsculo (50,2 vs. 49,8 %): 54,000 votos en un país de 49 millones. El resultado dejó a ambos países mirando al vacío. ¿Volvería Colombia a la guerra? ¿Gran Bretaña le daría la espalda a Europa? ¿Y ahora qué?, nos preguntamos todos.

Esta última pregunta es sorprendentemente difícil de responder. En ambos países, los líderes del No/Brexit exigieron respetar la democracia. Pero un plebiscito no equivale a “la democracia”. Es más bien una herramienta específica que, como cualquier herramienta, puede ser bien o mal usada. “La democracia”, en el sentido referido, no se puede reducir a plebiscitos. Emerge, más bien, de un complejo de leyes, organizaciones, normas y prácticas. La democracia no es tanto una “cosa” como una aspiración, del gobierno por y para el pueblo. Lo importante es cómo conseguirlo.

Votantes en Colombia y Reino Unido (mezcla de Globovisión, CC BY-NC 2.0, y Foreign & Commonwealth Office, CC BY 2.0)

En la democracia representativa, los votantes eligen a políticos cuya responsabilidad es estudiar asuntos públicos, sopesar cuidadosamente las diferentes opciones y decidir en nombre de los ciudadanos. Las políticas públicas son diseñadas por especialistas; los ciudadanos son libres para vivir sus vidas. Regímenes de derechos garantizados y pesos y contrapesos protegen los intereses de individuos y minorías. Tales sistemas a menudo logran incorporar conocimientos técnicos en la toma de decisiones y su costo por ciudadano es sorprendentemente bajo. Pero la otra cara de la especialización es que el Gobierno puede parecer distante e indiferente.

¿Dónde encajan los plebiscitos? ¿Son una inyección de democracia directa? ¿Una dosis revigorizante de participación masiva? En realidad, no. Entre politólogos, “democracia plebiscitaria” es una descripción abusiva. Los plebiscitos reducen temas complejos a preguntas sencillas de Sí o No. Se prestan a pasiones momentáneas que pueden ser fácilmente manipuladas, como demuestran los ejemplos de Colombia y el Reino Unido. Mejores ejemplos incluyen referendos que confirmaron o extendieron los mandatos de Mobutu, Mussolini, Pinochet y Hitler. Todos fueron triunfos cómodos para los déspotas. Todas fueron tragedias para la democracia.

En democracia, someter temas grandes y complejos, que seguramente afectarán a la economía, la política y la sociedad de un país durante generaciones, a plebiscito es incoherente, la herramienta equivocada para una tarea específica. También es un acto cobarde, un signo de políticos que buscan eludir decisiones difíciles. Y es irresponsable, una negativa rotunda de servidores públicos a cumplir con sus deberes.

Retornemos ahora al vacío del posreferendo. Estos son momentos extraordinarios de incertidumbre, cuando de pronto son posibles repentinos cambios de trayectoria y los líderes ejercen mucho más poder que lo normal. Las decisiones que toman en estas “coyunturas críticas” definen los eventos en maneras que luego parecen inevitables, pero nunca lo fueron. En Colombia y el Reino Unido, los líderes ciertamente aprovecharon su momento, pero de formas muy distintas, que definieron destinos muy diferentes.

Theresa May y Juan Manuel Santos (sources: Her Majesty’s Stationery Office, OGL v.3; Globovisión, CC BY-NC 2.0)

Aceptando la responsabilidad de su fracaso, David Cameron renunció como primer ministro y los líderes del Brexit se desvanecieron por el camino. Theresa May, una política astuta y de mucha experiencia, alcanzó el poder sin ser elegida y sin oposición alguna. “Brexit significa Brexit”, declaró inmediatamente esta tibia partidaria de permanecer en la Unión Europea. Y con eso lanzó la nación por un sendero que ella sabe es el peor de las dos opciones. Las mentiras que atizaron las pasiones del No siguen en pie. La primera ministra implementa lo que el electorado —engañado y manipulado— creyó que quería.

Juan Manuel Santos, por el contrario, optó por liderar. Rendirse hubiera sido más fácil; la guerra en Colombia es tradicional. Insistir en la paz era ciertamente la opción más complicada. Pero las recompensas para Colombia son inmensas. Y Santos, uno de los ministros de Defensa más exitosos del país, lo entendió mejor que la mayoría.

Visiblemente castigado, volvió al trabajo. Los líderes del No exigieron 57 cambios al Acuerdo de Paz. El Gobierno y las Farc acordaron 56 de ellos. El nuevo acuerdo fue presentado al Congreso, como exige la Constitución y como se había hecho con acuerdos anteriores. Fue ratificado, los centros de concentración veredales preparados, y luego los colombianos observaron maravillados cómo miles de guerrilleros salían de la selva y deponían sus armas.

Durante todo esto, Santos fue fustigado por “traición democrática”. Pero ¿dónde precisamente reside la democracia? ¿En las deliberaciones y actos de un Congreso elegido o en un referendo? Y ¿cuál es la traición? ¿Su negativa a “respetar el referendo”? ¿O su negativa a devolver el país a una guerra de cinco décadas que ya mató a 250.000 ciudadanos y desplazó a 8 millones más?

Tomar riesgos y persistir ante el fracaso, en búsqueda de un mejor futuro, es la definición misma del liderazgo. En la coyuntura crítica, Santos se demostró líder y estadista. Ojalá Gran Bretaña fuera también conducida por líderes y no seguidores.

Notas:
• Las opiniones expuestas en este artículo son de los autores y no reflejan la postura de LSE
• Esta entrada tiene su base en artículo de Social Europe (en inglés)
• Esta versión traducida fue publicada originalmente en El Espectador
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Jean-Paul Faguet – LSE Desarrollo Internacional
Dr. Jean-Paul Faguet es Profesor de la economía política del desarrollo en London School of Economics. Sus investigaciones combinan los metódos cuantitativos y cualitativos para analizar las instituciones y formas organizativas que favorecen la gobernabilidad eficaz y el desarrollo rápido. Es autor de Is Decentralization Good for Development? Perspectives from Academics and Policymakers (Oxford University Press, 2015), y Governance from Below: Decentralization and Popular Democracy in Bolivia (U of Michigan Press), galardonado con el premio W.J.M. Mackenzie (2012) para el mejor libro en el campo de ciencias políticas.

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