To celebrate the Spanish-language launch of Professor Jean-Paul Faguet’s book Popular Democracy: Governance from Below in Bolivia, we will be publishing the first chapter of the book as part of a five part series over the coming month. You can read our post about the book launches in Bolivia here.

In case you have missed it, you can read part 1/5 here.

Contexto histórico

Colocada en la corriente más amplia de la historia humana, la descentralización es de lejos un fenómeno más inusual. El surgimiento de la humanidad, desde las praderas africanas hasta al moderno Estado-nación, es la historia de una centralización ininterrumpida, a medida que más y más poblaciones y recursos iban quedando bajo el control de gobiernos y burocracias. Aunque es difícil inferir características sociales de restos fósiles, la evidencia sugiere que los seres humanos de más temprana aparición y anatómicamente modernos vivieron en África en grupos pequeños de cazadores-recolectores hace unos 200.000 años. En tales grupos emergieron finalmente, hace unos 50.000 años, los rasgos modernos de comportamiento, como el lenguaje, la música, el comercio y el enterramiento de muertos (Wade 2006). Los humanos continuaron viviendo en este tipo de grupos por unos 35.00 años más, antes de comenzar a asentarse en las primeras comunidades agrícolas hace unos 10.000 a 15.000 años. La domesticación de plantas y animales generó un enorme incremento en la producción de alimentos por acre de tierra, típicamente de 10 a 100 veces más y, por tanto, un incremento similar en las poblaciones que podían mantenerse de esta manera (Diamond 1998). Y el estilo sedentario de las comunidades labradoras permitió tanto el almacenamiento de alimentos, como que el intervalo entre nacimientos fuera más corto, estimulando aún más el crecimiento poblacional.

Con la labranza llegó la centralización primitiva, cuando los grupos nómadas de pocas docenas —probablemente desorganizados e igualitarios— se convirtieron en tribus asentadas de unas cuantas centenas, adquiriendo una organización primitiva y, finalmente, líderes diferenciados (Gronn 2010). A medida que los cultivos mejoraron, estas aldeas se volvieron cacicazgos con poblaciones de miles de habitantes, liderazgos hereditarios centralizados y burocracias de múltiples niveles (Diamond 1998). En los lugares más fértiles —en los valles de los ríos de lo que ahora es Egipto, Paquistán, India y en especial Irak— estas sociedades finalmente se volvieron, hace unos 6.000 años, las primeras ciudades del mundo. Mesopotamia fue la cuna de los primeros estados hace 5.700 años y, por tanto, de una gran y avanzada centralización. Con poblaciones de 50.000 o más habitantes, estos estados comprendían muchas ciudades y aldeas; contaban con capacidad de decisión centralizada y control de la información, con burocracias más sofisticadas mucho más grandes y también con órdenes religiosas; eran capaces de resolver conflictos a través de leyes y jueces; tenían una división del trabajo sofisticada, un sistema de impuestos redistributivo y una ciudad capital (Diamond 1998). En su organización y operación acumulaban inevitablemente poder y recursos en la cima, lejos de las masas y a manos de unos pocos.

Las ventajas de los sistemas de gobierno más grandes sobre otros más pequeños fueron importantes. Los estados y grandes cacicazgos podían conseguir muchos más recursos de una población no solo más productiva debido a la mayor división de trabajo, sino también mucho más grande. Segundo, estos estados fueron probablemente los primeros que organizaron la educación y la religión de tal manera que los soldados se sentían motivados a morir por su sistema de gobierno, un sentimiento que Diamond considera impensable en grupos más primitivos y en las tribus. Estas ventajas permitieron a los estados mantener ejércitos más poderosos y así controlar recursos claves, como el agua, las tierras fértiles y, luego, los depósitos minerales y las rutas de viaje, para nombrar solo algunos aspectos. Los conflictos entre diferentes tipos de sociedad, que acabaron en guerra, fueron determinantes. La mayor productividad que condujo a más riqueza y poder, y el mayor control sobre los ciudadanos, dieron a los primeros estados grandes ventajas que usaron para conquistar a las ciudades y cacicazgos de los alrededores, y para crear imperios, como el persa o el romano de más de 2.000 años de antigüedad, centralizando el poder mucho más. Aunque durante siglos surgieron y cayeron imperios, las poblaciones que habían experimentado a gran escala formas sofisticadas de organización social no volvieron a ser grupos pequeños e igualitarios. Los estados se sostuvieron como reinos (por ejemplo, Francia, Inglaterra) y como ciudades (por ejemplo, Florencia, Venecia) y —desde más o menos el siglo XVII hacia adelante— como las ciudades-estado que hemos heredado. Incluso la democracia, por 2.000 años considerada competencia de unidades políticas pequeñas donde los hombres se gobernaban a sí mismos directamente, fue adaptada en escala y poder gracias a la invención de las asambleas representativas en el siglo XVIII, logrando de esta manera remover cualquier límite teórico en el tamaño máximo de las democracias (Dahl 1989).

Estudiado en este contexto, el surgimiento de la descentralización en la mitad del siglo pasado representa un inesperado cambio histórico. El incremento en escala y complejidad, y en última instancia la centralización del control han sido las características distintivas de los últimos 10 a 15.000 años de historia humana. ¿Por qué, de repente, los gobiernos del mundo entero buscan devolver poder y recursos a poblaciones más pequeñas y a niveles jerárquicos más bajos? ¿Por qué eligen reducir la escala en la cual un gobierno opera? ¿Se han resquebrajado las fuerzas profundas que dieron ventajas a las unidades sociales más grandes y complejas? ¿O algún shock exógeno es responsable del cambio?

The next part of the series will be published on Thursday 22 June.

Alternatively, you can download the Spanish-language version of the book here.


Professor Jean-Paul Faguet works at the frontier between economics and politics, using quantitative and qualitative methods to investigate the institutions and organizational forms that underpin development. Specific fields include political economy, comparative politics, institutional economics, and development economics.            

The views expressed in this post are those of the author and in no way reflect those of the International Development LSE blog or the London School of Economics and Political Science.