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Catherine Andrews

Ariadna Acevedo Rodrigo

June 16th, 2020

Cien años de arrogancia: por qué el liberalismo ‘occidental’ no salvará a América Latina

2 comments | 43 shares

Estimated reading time: 8 minutes

Catherine Andrews

Ariadna Acevedo Rodrigo

June 16th, 2020

Cien años de arrogancia: por qué el liberalismo ‘occidental’ no salvará a América Latina

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Profile photo of Catherine AndrewsProfile photo of Ariadna Acevedo RodrigoEl liberalismo es visto a menudo como un regalo de Occidente para el mundo que tragicamente se ha deformado al entrar en contacto con naciones menos desarrolladas. Pero aun cuando los intelectuales de la región llegaron a avalar esta visión alguna vez, las investigaciones más recientes muestran que los países de Latinoamérica han trazado sus propias rutas hacia derechos y constituciones “liberales”. A pesar de los estragos del neoliberalismo durante las últimas cuatro décadas, los principios e instituciones del liberalismo siguen gozando de altos niveles de apoyo popular, escriben Catherine Andrews (CIDE) Ariadna Acevedo Rodrigo (Cinvestav).

• Also available in English (condensed version)

Al abordar la gobernabilidad en América Latina, el columnista Bello de The Economist se preguntaba recientemente si “las ideas liberales sufren en la región porque son importadas”. Para él la respuesta es afirmativa pero aún así el autor anima a los latinoamericanos a persistir en ellas porque traerán “igualdad de oportunidades” y “mejores servicios públicos a un costo viable”. En unas cuantas líneas, Bello resuelve todas las contradicciones y limitaciones del liberalismo al absolverlo de cualquier culpa por sus fracasos en América Latina: no es el liberalismo, una idea “importada” a América Latina, lo que está en crisis, sino su mala aplicación. Bello olvida, convenientemente, que tras la debacle económica de 2008 el liberalismo ha estado en crisis en todas partes.

An imperialist cartoon depicting the US striding towards Latin America following the Spanish American War
“El liberalismo fue la principal ideología que los colonizadores europeos y estadounidenses enarbolaron al expandir su dominio político y económico” (public domain)

En México también tenemos a nuestros Bellos. Quizá el más conocido sea Enrique Krauze para quien una de las preguntas fundamentales de nuestra historia es “¿por qué nos ha sido tan difícil arraigar las instituciones, leyes, valores y costumbres de la democracia liberal?”. Para el mexicano, de modo similar a Bello, el problema nunca está en el liberalismo sino en la América Latina y, en particular, en su cultura política. Según Krauze, en nuestros países “las ideas de Locke sobre el individualismo liberal, los derechos cívicos y la tolerancia” – es decir, el auténtico liberalismo – son “ajenas”. Lo nuestro en realidad es algo diametralmente opuesto: “la doctrina política neotomista española, representada sobre todo por el teólogo jesuita Francisco Suárez”.

Tanto Bello como Krauze, y muchos comentaristas en la misma línea, le dan la espalda a las últimas dos o tres décadas de investigación sobre la historia del liberalismo en América Latina.

¿Un regalo occidental?

El liberalismo ha sido visto como el regalo de occidente al mundo. Para la literatura académica en lengua inglesa del siglo XX, el liberalismo nació con la Revolución Francesa y la fundación de los Estados Unidos de América, dos “Revoluciones Altánticas” que destruyeron al “antiguo régimen”, inaugurando así la modernidad política.. Los historiadores vieron los orígenes del liberalismo occidental en diversas fuentes; desde el reencuentro de Santo Tomás de Aquino con Aristóteles, seguido del desarrollo del derecho natural, al redescubrimiento de Cicerón y la ley romana en la Italia renacentista, hasta el desarrollo de la idea sociológica de progreso económico durante la ilustración escocesa. El liberalismo, como su supuesto predecesor la Ilustración y su hermano gemelo la civilización, fue la principal ideología que los colonizadores europeos y estadounidenses enarbolaron al expandir su dominio político y económico en el mundo. La buena nueva liberal mostraría a las naciones atrasadas el camino de la salvación política y económica.

El “occidente” de la historiografía significaba Europa del norte y los Estados Unidos. Las raíces de su santísima trinidad – compuesta por la Ilustración, el liberalismo y la civilización – podían venir de fuera (Italia, España, Bizancio, los imperios griego y romano), pero su máxima expresión y sus características definitorias sólo podían encontrarse en su interior. El resto sólo podía adoptar el moderno evangelio a través de la importación de ideas “occidentales”, de tal manera que el “liberalismo” sólo existía en forma pura y auténtica en sus lugares de origen. En el mejor de los casos los otros liberalismos debían llevar un adjetivo nacional para señalar su divergencia de la norma. En el peor de los casos, eran juzgados insuficientes o falsos.

El liberalismo en América Latina

Del siglo XIX en adelante, esta perspectiva permitió a los observadores analizar la historia latinoamericana a la luz de la “recepción” de las ideas liberales. Una vez establecido que las instituciones latinoamericanas no llegaban al nivel de las británicas o estadounidenses, se concluía que sus debilidades se debían a una mala aplicación o a la necia resistencia de los reaccionarios (la Iglesia católica, los campesinos, los caudillos).

No cabe duda de que esta narrativa historiográfica se fundó en la presunción de las naciones protestantes respecto a que el catolicismo era una teología represiva al servicio del absolutismo y la intolerancia, la cual condenaba a las sociedades a vivir en el oscurantismo, mientras que el protestantismo, por el contrario, fomentaba el gobierno representativo y la tolerancia. En el caso de América Latina, dicha narrativa también bebió de los tratados científicos de personajes como Bouffon (L’Histoire naturelle, 1749), para quien la fauna del nuevo mundo era más joven, y por lo tanto menos avanzada, que la del viejo mundo. Asimismo, su población era menos vigorosa, viril e inteligente que la de Europa. Tal como se insistió en las Leyes de Indias, los hombres americanos debían ser considerados como eternos pre-pubertos, necesitados de la sabia dirección del europeo blanco.

En América Latina, esta narrativa atrajo a intelectuales de diversas ideologías. A los conservadores les dio armas para criticar a quienes consideraban poseídos por los extranjeros ateos y corruptos y sus ideas “metafísicas”. A los liberales, por su parte, les servía para denunciar a cualquier opositor como “atrasado” y “despótico”. Además, el liberalismo como una importación fracasada se convirtió en un axioma de la historiografía latinoamericana de principios del siglo XX.

A portrait of Emilio Rabasa
“Abogados como Emilio Rabasa en México concluyeron que el constitucionalismo había fallado porque sus instituciones no habían surgido ‘orgánicamente’ de su propia cultura” (public domain)

Durante la hegemonía del positivismo, abogados como Emilio Rabasa en México concluyeron que el constitucionalismo había fallado en América Latina porque sus instituciones no habían surgido “orgánicamente” de su propia cultura. La única solución era que México desarrollara su propia constitución orgánica, basada en su original espíritu liberal, un logro que los intelectuales de la Revolución se apropiarían para adjudicarlo al PRI. Tal fue el “liberalismo social” definido y defendido por Jesús Reyes Heroles.

Cuestionando narrativas dominantes

Si bien el legado de estas historiografías ha sido cuestionado por historiadores de América Latina y el sur de Europa desde la década de 1990, su difusión fuera de la academia ha sido muy limitada. Hoy en día es habitual entre historiadores afirmar que el liberalismo como filosofía política no se desarrolló exclusivamente entre los pensadores de habla inglesa y francesa antes de ser “recibido” e “interpretado” por sus homólogos hispanohablantes. Se considera, por el contrario, que hubo un desarrollo simultáneo de liberalismos en diferentes áreas geográficas. Cada nación latinoamericana debatió su propio camino a su respectiva constitución y no meramente adaptó la norteamericana y otras, como solía asumirse. De manera similar, la ciudadanía y sus derechos no fueron simplemente impuestos sino que se luchó por ellos y fueron apropiados en diálogo con las prácticas y tradiciones locales. El liberalismo hispánico formó parte de la “era de las revoluciones” de manera similar al francés, el británico o el estadounidense. El liberalismo no puede existir sin adjetivos porque no es, y nunca ha sido, propiedad exclusiva de ninguna nación.

Desafortunadamente algunos de los liberales mediáticos de hoy no están poniendo mucha atención. La columna de Bello, con la que muy probablemente estarían de acuerdo comentaristas como Krauze y otros en Latinoamérica, es una buena muestra. Para Bello, mucho del debate hoy en día se centra en el destino de las transiciones a la democracia y de lo que (lamentablemente para el articulista) son percibidas como sus “despiadadas reformas neoliberales”. Pero ¿por qué deberíamos ver los liberalismos de antes y después de 1970 como uno mismo? El neoliberalismo actual ¿es realmente una reelaboración del liberalismo latinoamericano?

Protesters clash with security forces in Buenos Aires as the city hosts the G20
“Muchos de quienes ven al neoliberalismo como ‘despiadado’ no tienen intención alguna de renunciar a los derechos humanos, el gobierno representativo o la división de poderes.” (Santiago SitoCC BY-NC-ND 2.0)

Liberalismo y neoliberalismo en América Latina

La investigación histórica sugiere que el liberalismo decimonónico fue muy popular en algunas regiones de América Latina. El servicio militar, las guerras y las luchas locales para obtener y mantener el control político en los municipios significó que los derechos civiles y políticos fueron poderosos móviles de la rebelión popular. Además, el liberalismo permitió una mayor inclusión política de los varones habitantes de zonas rurales, de diversos orígenes étnicos y medios modestos. Las reformas económicas en la línea de las que hoy llamamos neoliberales fueron asociadas con las dictaduras de finales del siglo XIX, cuando el impulso más inclusivo y popular del liberalismo había perdido fuerza y fue encontrando cada vez más obstáculos para institucionalizarse.

Hoy en día, muchos de quienes ven al neoliberalismo como “despiadado” no tienen intención alguna de renunciar a instituciones políticas liberales tales como los derechos humanos, el gobierno representativo o la división de poderes. Estas instituciones, y su reconocimiento del “multiculturalismo”, han jugado un papel clave en las transiciones democráticas. Lo que los críticos del neoliberalismo cuestionan es al liberalismo económico. Han visto de primera mano que las promesas liberales de “igualdad de oportunidades” y de defensa del “bien público” por encima del “privilegio privado” no se han materializado. Se trata de utopías liberales sin base en la experiencia cotidiana de las mayorías. Detrás de la convicción de Bello de que América Latina podría neutralizar el populismo actual a través de la adopción del liberalismo occidental “genuino”, lo que hay es este pensamiento utópico, incapaz de ver al liberalismo realmente existente. ¿Qué solución querrá proponer Bello para los Estados Unidos de la era Trump?

De forma reveladora, varios observadores liberales ya han caracterizado a Trump como “el primer presidente latinoamericano de los Estados Unidos”. El paradigma del liberalismo como algo ajeno a América Latina, o a lo hispano (y su reverso, el populismo como lo propio), persiste para seguir rescatando al inmaculado liberalismo de cualquier crítica. Si este último “falla”, si nos lleva al populismo, no es por ninguna de sus limitaciones, sino por culpa de algo forzosamente externo a él. En este nuevo formato, y en palabras de Krauze:

…[los Estados Unidos han] contraído un mal específicamente nuestro: hay un caudillo populista en la Casa Blanca. Así de poderoso es el paradigma.

Efectivamente, el paradigma del liberalismo inmaculado es tan poderoso que niega el espíritu crítico que supuestamente defiende a capa y espada y, en su lugar, ahora que ya no tiene al comunismo a mano, se dedica a reproducir ad infinitum a su nuevo mejor enemigo: el populismo de nosotros los brutos.

 

Notas:
• Las opiniones expuestas en este artículo son de los autores y no reflejan la postura de LSE
• Esta versión extendida en español fue publicada anteriormente en Revista Común
• Favor de leer nuestra política de comentarios (EN) antes de comentar

About the author

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Catherine Andrews

Catherine Andrews is Professor in History at CIDE, Mexico City. She is the author of De "Cádiz a Querétaro: historiografía y bibliografía del constitucionalismo mexicano" (Fondo de Cultura Económica, 2017).

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Ariadna Acevedo Rodrigo

Ariadna Acevedo Rodrigo is Assistant Professor in History at Cinvestav, Mexico City. She is author of “Paying for Progress: School Taxes, Municipal Government and Liberal State-Building (Cuetzalan and Huehuetla, Mexico, 1876-1930)”, Hispanic American Historical Review, 99:4 (2019), pp. 649-680.

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